En un país lejano, habitado por duendes, donde todo era diferente, había un hermoso valle lleno de frondosos árboles. Todos ellos hablaban y se movían, con lo cual el paisaje siempre era mágico y distinto. Un día, una familia de duendes decidió hacer un viaje hasta el hermoso valle, para enseñárselo a su pequeño hijo. Cuando llegaron, los álamos, encinas y robles les saludaron dándoles la bienvenida. El pequeño duendecillo se quedó perplejo al ver como hablaban. Uno de los robles se le acercó y le invitó a subir a sus ramas para poderle enseñar el valle. El niño asustado miró a su padre, él asintió, y le dijo que se subiera, pues no podía estar más seguro que subido encima del amable roble. El duendecillo primero tuvo algo de miedo, pero poco a poco fue cogiendo confianza. Mientras tanto, sus cariñosos padres entablaron conversación con los otros árboles. En un tramo del camino, el niño dio un grito al ver un gigantesco árbol que carecía de hojas, y entonces le pregunto al roble: -Por qué ese árbol es tan grande y sin embargo no tiene hojas? Entonces el roble le dijo: -Es el árbol dormido, por eso no tiene hojas. El niño quiso saber más cosas sobre el árbol y entonces el roble, con delicadeza, lo bajó de sus ramas y le preguntó si quería conocer su historia. -Claro! dijo el niño. -Está bien, dijo el árbol, y comenzó a relatarle la historia. Este árbol, como habrás visto, es el más grande del valle y podría ser el más hermoso de todos, pero tanto tiempo dedicó a ser perfecto, que olvidó ocuparse un poco más de los que lo amaban, y por eso perdió sus hojas. Su belleza se durmió al endurecerse su corazón. El niño al oír esto le dijo: -Entonces es que ha sido malo, no? Por eso está muerto. -No, yo no te dije que esté muerto, sino que está dormido. -Cuando estáis dormidos os caen las hojas? -No, él es el único que no las tiene, puesto que antes de llegar a este valle no se portó bien con los que lo amaron, y no me interrumpas tanto o no te podré contar la historia. El niño esbozó una sonrisa y asintió. Verás, este árbol creció tanto porque fue abonado con el amor que le dieron. Fue muy querido por todos, pero él no se daba cuenta, creía que lo rechazaban, y que cada vez que le decían algo era porque no lo amaban. -Y por qué, si cuando alguien te ama no te rechaza? -Porque se había empeñado en ser el árbol más hermoso de la tierra, y se olvidó de otras cosas más pequeñas, pero a la vez mucho más importantes. -Entonces es que quería ser perfecto. Eso no está bien? -Si, pequeño duendecillo, está bien, pero para ser perfecto hay que serlo en todos los aspectos de la vida, de lo contrario jamás lo serás. Si buscas sólo la perfección en lo que te conviene, en lo demás serás imperfecto, por eso dicen que la perfección no existe. -Ahora lo entiendo. El árbol sólo buscó ser físicamente perfecto, pero se olvidó de devolver un poco del amor que le habían entregado. -Eso es, fue perfecto por fuera, pero imperfecto por dentro, y por eso es el más grande y a la vez el más pequeño. El duendecillo se puso a pensar y al instante dijo: -Oye roble, y si este es el valle perfecto, por qué está este árbol aquí aunque esté dormido? El roble esbozó una sonrisa y le contesto: -Buena pregunta pequeño, te voy a decir el porqué. Este lugar es el valle perfecto porque está lleno de corazones hermosos, no porque estén intactos, sino porque han sido heridos por amar. Esos son los árboles más hermosos, pero como habrás observado, él no tiene hojas, pero tiene tronco y ramas. Y eso es debido a que, en algún momento, pudo más su corazón que su afán por triunfar, y eso para nosotros fue suficiente. -Pero si no florece morirá! -No, está aquí para curar su corazón, y el día que lo consiga, brotará con tal fuerza que será el más hermoso del valle. -Y cómo se curará? -Algún día alguien lo acariciará y su corazón se conmoverá. Sólo entonces despertará y sus hojas renacerán. El duendecillo tuvo lástima de ver ese árbol tan desnudo y acercándose a él lo abrazó, y sus lágrimas de amor lo fueron despertando . El corazón del árbol se estremeció al recibir las caricias del niño. El roble se quedó mirando y vio cómo volvían a surgir sus hojas. Entonces el árbol, que era una hermosa haya, abrazó con sus ramas al niño y fue él mismo quien, en agradecimiento, lo llevó de vuelta con sus padres. A VECES NOS OBSTINAMOS TANTO EN ALCANZAR LA PERFECCIÓN, QUE NOS OLVIDAMOS DEDICAR ALGO DE TIEMPO A LOS DEMÁS, PARA DEVOLVERLES ALGO DEL AMOR QUE NOS HAN ENTREGADO. Y ESTO NOS HACE SER IMPERFECTOS.  © Suspiro-Teresa 18/10/2005 Todos los derechos reservados |